GUERRA CIVIL PERREDISTA.
Por Ezequiel Castañeda Nevárez.
Tienen razón quienes afirman que algo más que la dirigencia nacional se juega este domingo con la elección del nuevo Comité Ejecutivo Nacional del Partido de la Revolución Democrática, cuando la infinidad de tribus y cuadrillas que conforman este partido, que supuestamente representa a la izquierda mexicana, ha conformado dos grandes bloques antagónicos, representados por los dos principales aspirantes a la Presidencia nacional: Alejandro Encinas y Jesús Ortega.
Aunque los dos grupos adversarios son notoriamente incompatibles entre sí, porque representan a diferentes intereses de poder dentro del PRD, algo tienen en común: ambos grupos tienen como adjetivo principal que son denunciantes por naturaleza. Todo parece indicar que no existe perredista, que se precie de serlo, que no denuncie algo, que no manifieste alguna inconformidad o molestia; no podría entonces ser diferente cuando en juego está el control de la franquicia política y el honor de uno de los caudillos que aspira a repetir candidatura presidencial. El combate frontal pues, tiene que ser la constante.
Las acusaciones mutuas que los contendientes se lanzan un día sí y otro también, hacen recordar la famosa frase del ladrón que para confundir a sus perseguidores grita: “¡Al ladrón! ¡Agarren al ladrón! Unos acusan a otros de ser colaboracionistas con el Yunque y con el Presidente Felipe Calderón, y a estos les llaman “azules incrustados en el PRD”, mientras los otros acusan a los unos de bejaranistas, corruptos, intransigentes y hasta misóginos, que a todo mundo acusan de hereje y traidor, que se quejan de la guerra sucia haciendo precisamente guerra sucia. Todos contra todos en una guerra fratricida que manda una señal muy clara a la ciudadanía de desorden, confrontación y confusión y que explica por qué los electores no han querido dar a un ciego la responsabilidad de guiar a otros ciegos, mientras la derecha avanza amenazante ante un camino libre.
Las cartas que López Obrador envió a sus seguidores, en claro desacato a la Comisión Nacional de Garantías y Vigilancia, parecen ser un último intento del caudillo para evitar que la franquicia se le vaya de las manos, a pesar de que esta acción recuerda a la ciudadanía que el tabasqueño es un infractor convencido, creyente de sí mismo, contrapuesto a cualquier norma jurídica que no provenga de su íntima conciencia ¡Al diablo con las instituciones! Es la convicción del mesías, siempre y cuando no sean estas adversas a sus intereses y disposiciones. Sin embargo, una cosa es rescatable de este sainete perredista, y de los últimos acontecimientos, en donde los principales protagonistas resultan ser Juan Camilo Mouriño como acusado y López Obrador como denunciante: Andrés Manuel es mucho más valioso como oposición que como gobernante. Queda claro que este país necesita de contrapesos que eviten los excesos y abusos de poder y para eso se pinta solo el tepetiteco; nadie mejor que López Obrador para denunciar valientemente y sin ambages, y para señalar con índice de fuego a cualquier político, con pruebas o sin ellas, con razón o sin razón. En el caso concreto del Mouriñogate, con absoluta e innegable certeza. Lo que no logró el ex candidato presidencial en su berrinche postelectoral que incluyó la toma del Paseo de la Reforma y otras molestias a los ciudadanos, lo multiplicó con una pifia política encontrada en el pasado empresarial y político del Secretario de Gobernación y hombre fuerte del Presidente Calderón. Nada pudo hacer AMLO para atraer reflectores cuando se rasgó las vestiduras anunciando la inminente privatización de PEMEX y ahora, sin proponérselo tal vez, pone en jaque al Presidente de la República y a su Partido político con un regalo que la vida le da. Por eso, le es vital para él conservar el control del PRD para una mejor y más cómoda actuación política y mediática en lo que resta del sexenio y para construir nuevamente su candidatura presidencial; por eso es sumamente importante el triunfo de su delfín Alejandro Encinas, ahora que cree poder recomponer su presencia política en el escenario nacional.
Para la corriente de los “Chuchos” también es clave el triunfo de Jesús Ortega, porque este puede representar el desprendimiento de la pesada carga que le ha significado la presencia y actuación de López Obrador y seguidores. De triunfar Ortega, vendrá una etapa de rompimiento y reacomodo al interior que habrá de producir mayores heridas y lesiones de las que tardan en sanar o que ponen en peligro la vida, pero que llevarán a la aparición de una nueva izquierda, más pensante, más tolerante y sensata, con mayor competitividad electoral, que ya es un avance. El triunfo de Alejandro Encinas, producirá una expulsión masiva de chuchistas y guerra civil perredista sin cuartel por algún tiempo, que dejará a un PRD sumamente fracturado para la próxima elección presidencial. La pregunta ingenua del año sería la siguiente: ¿No habría manera que se pusieran de acuerdo todos y que nos dejaran a López Obrador como denunciante oficial nacional y que todos los demás conformaran un Consejo Nacional que tuviera como misión el resucitar a la izquierda seria de este país? La respuesta todos la sabemos. Algo de luz nos dará la elección de este domingo, pero, como decía el ideólogo tuxpeño: “¿para qué adivinar lo que se va a saber?” Esa es la cuestión.