¡QUÉ PADRE SER PADRE!
Por Ezequiel Castañeda Nevárez.
Doble celebración del día del padre para muchos de nosotros que somos padres de familia y que festejamos también a nuestro padre. Quienes ya no lo tenemos entre nosotros, lo celebramos de alguna manera a través de remembranzas o visitando el cementerio, como es mi caso. Prácticamente estoy escribiendo estas líneas en la tumba del Señor Castañeda. No vengo aquí con mucha frecuencia porque cuando vengo es porque algo me agobia o me entristece, o simplemente ante alguna premonición, porque de estas visitas salgo invariablemente reconfortado y con una energía física y espiritual inmensa que me dura por mucho tiempo aun cuando mi estancia aquí sea breve; con esto quedo listo para enfrentar cualquier reto o adversidad por difícil que parezca hasta nueva visita. Siempre vengo solo, porque necesito en estos momentos estar solo. No le hablo a mi padre en su sepultura, más bien como que le escucho hablar a él, porque el contemplar su tumba en silencio me hace transportarme en el tiempo décadas atrás recreando su imagen y sus palabras como cuando me hablaba directamente; es entonces cuando siento su presencia y cuando recuerdo sus enseñanzas una a una como si me las volviera a repetir. Supe desde niño que mi papá era un ser humano excepcional porque eso escuchaba de las personas que le conocían; después pude confirmarlo plenamente al paso del tiempo. Era un viejazo fuera de serie, irreprensible y justo y, por su trato, siempre respetado y admirado; era de esas personas que de inmediato inspiran confianza y por eso siempre había alguien con él solicitando sus consejos o escuchando sus enseñanzas, porque tenía también el don de tener siempre la palabra adecuada; nadie como él para infundir aliento, para animar, confortar o para orientar. Fue toda su vida un hombre íntegro cuya rectitud resistía cualquier prueba, lo que no era obstáculo para exhibir el excelente humor que le caracterizaba y los buenos momentos acompañando con su guitarra esa hermosa voz de mi madre.
Festejo jubiloso también que un 2 de octubre (no se olvida) me estrené como papá, hace ya 27 años. Era en ese entonces un joven estudiante de 23 años que asustado esperaba afuera del quirófano el anuncio del nacimiento de mi hijo. Al recibirlo, sentí ese algo indescriptible que sentimos los papás: un encuentro de sensaciones nuevas en mi ser; una serie de químicos que se movieron con fuerza por todo mi interior como preámbulo de la colocación de una pesada loza en mi espalda, más grande que la del heroico Pípila. Desde ese momento cargo con gran satisfacción la bendición y enorme compromiso de la paternidad. La sensación y la responsabilidad se me incrementaron cuando nacieron mis hijas Marissa y Mariana que me hicieron cargar para siempre el pescadote como el de la emulsión de Scott. Pero todo esto es lo que me hace exclamar convencido y emocionado: ¡Que padre ser padre!
Fue ese día, cuando nació mi primogénito, cuando tuve la exacta dimensión de la grandeza de mi viejo. Recuerdo que me desbarataron mil sensaciones cuando puso su mano sobre mi espalda para felicitarme. Un abrazo que guardo como valiosa estampa: mi papá, orgulloso de que yo también me estrenara como tal.
En esta semana, impactaron a la sociedad dos notas periodísticas, las cuales dan cuenta de un joven que mató con un martillo a su padre y de otro más que le propinó a su progenitor tremenda golpiza hasta matarlo; ambos parricidas, influenciados por las drogas y el alcohol. Otras notas de menor impacto siguieron a las anteriores; también van por el mismo rumbo, aunque se quedan en simples denuncias de padres en contra de la violencia de sus hijos. Lamentablemente pasa desapercibida la noticia porque ya es parte de la normalidad, lo que debe preocuparnos a todos. No lo concibo, me cuesta trabajo creerlo y aceptarlo; no lo podría creer si no hubiese visto en mi paso por áreas de la procuración de justicia cientos de expedientes penales de jóvenes que enfrentan un proceso judicial o que han sido sentenciados por atentar física o sexualmente en contra de sus padres; o también de padres que atentan contra sus propios hijos. Pocos podemos cerciorarnos a detalle, por nuestro trabajo, de la descomposición moral de la sociedad que ha llegado al grado de enfrentar hijos contra sus padres y viceversa, lo que me hace pensar y preguntarme si no habrán recibido ellos uno de los mejores consejos que me dio mi viejo y que se supone que todo mundo conoce. Se trata de uno de los diez mandamientos, que mi padre repetía siempre a sus hijos, imperativo: “honra a tu padre y a tu madre, para que te vaya bien y seas de larga vida sobre la tierra. Este –añadía mi viejo- es el único mandamiento con promesa. Hay que cumplirlo”. Esta orden quedó grabada en mi mente y en mi corazón para siempre, por eso mi confianza y mi tranquilidad en todo momento, porque también aprendí que hay que obedecer a nuestros padres porque esto es justo y porque esto agrada al creador, o sea que la recompensa viene asegurada en larga vida y bienestar total; por eso lo transmití tal cual a mis tres retoños, porque quiero que a mis hijos y a sus propios descendientes les vaya bien y que sean de larga vida sobre la tierra. Por añadidura, lo más probable es que también me libre de uno que otro martillazo. Esa es la cuestión.